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por Ignacio Dubois para Juventud APPS

Hay algo que está sucediendo y que no podemos ignorar; ¿Cómo se adaptan lxs niñxs a este cambio repentino de lo que solía ser y lo que ya no es?

Mientras Alberto Fernández anunciaba el 17 de marzo que todxs debemos aislarnos de manera preventiva y obligatoria en nuestras casas, muchos padres y madres le explicaban a sus hijxs de la forma que encontraban que era lo que estaba sucediendo.

Yo presencié, sigo presenciando y atestiguando todo lo que ello implica. Mi casa se llenó de incertidumbre y de optimismo, yo convivo con mis padres y con mi hermana, quién será la protagonista de esta reflexión.

Mi vieja tomó las riendas de la alfabetización de mi hermana mientras en casa los demás cumplíamos con nuestras responsabilidades. Para ella es algo lindo al principio, lo asume como un privilegio. Pero pasaron los días, las semanas, y había algo que a mi hermana ya no la entusiasmaba. Se oían de ella expresiones de fastidio, de mal humor, de desesperanza ante esta nueva realidad. Va a la escuela pública, y en su caso optaron por la plataforma Meet de Google y por Edmodo le envían material y tarea, algunas implican grabar y exponer. A ella le da vergüenza y, en el medio de incentivos humorísticos empezó a animarse a aquello que antes la avergonzaba. A sus 6 años nuestra familia observa como algunas actividades que tenía que realizar eran muy similares a las que realizan hoy, salvando las enormes diferencias, algunos influencers. Cuando a mi vieja, que es humana, no le restaba más paciencia y la frustración de que todo salga bien, de la tarea cumplida empezaba a afectar el diálogo, llegó un mensaje que lo cambió todo. Era un mensaje de una maestra que nos decía:

“Lxs niñxs comenzaron un camino. No tienen que leer, no tienen que escribir todo.

Ellxs están aprendiendo en el medio de una pandemia.

Están preocupadxs, extrañan, se irritan, tienen miedos.”

Ahí es cuando nos cayó la ficha. Cuando convertimos todo en una obligación, en una tarea a cumplir, en un checklist a completar es lógico que se vuelva tedioso. La tranquilidad de la tarea cumplida es ficticia al lado de saber qué es lo que les sucede a nuestros niñxs.

¿Qué les aqueja, qué los incomoda, a qué le temen?

A veces correr nos permite llegar más rápido. Pero muchas veces, si vamos despacio, caminando podemos disfrutar más del camino. El resultado al final será el mismo, pero nuestros niñxs se sentirán mejor.

Cuando mi vieja entendió esto y se lo pudo traducir a mi hermana, todo cambió.

Cada martes los convoca la seño en Meet, son 30 minutos. Y allí también hay que aprender a ser pacientes. Porque nuestra realidad, no es la misma que la del que está del otro lado. Una abuela intenta descubrir porque en su celular solo ve la mitad de la imagen. Unx de los niñxs se pone a jugar en el micrófono de la compu. La seño intenta pedir, sin éxito, que desactiven sus micrófonos. Otro niñx anuncia, gritando, que no nos ve. La imagen de un niñx se congela por unos segundos y al descongelarse lo vemos llorando porque no pudo escuchar que fue lo que dijo la seño.

En el momento que todos logran apagar sus micrófonos, la seño avisa que se terminó el tiempo y que otro grupo está esperando para tener su clase.

El niñx que antes lloraba, ahora grita intentando llamar la atención de la seño y mostrarle todas las palabras que aprendió. Mi vieja me cuenta que todos encuentran un poco paz porque ya no llora. Pero los invade una necesidad ineludible de abrazarlx. De abrazar a todos los abuelos o padres que aprenden junto a ellxs y que necesitan sobrellevar de la mejor manera imposible estas videollamadas. Que hace mucho tiempo existen, pero que hoy son parte primordial de nuestro día a día. Y así es cada martes en casa.

Con la ilusión de ver a sus amigxs pero con delay. No es fácil. No es fácil para los adultos, que creemos saberlo todo y todavía seguimos aprendiendo cosas, imaginemos para nuestros niñxs. No es fácil y sobretodo para la escuela pública, a la que nunca le fue fácil.

Quizá lo más significativo es eso, ver a la escuela pública haciendo enormes esfuerzos para que nuestros niñxs se acerquen, para que puedan verse, escucharse, vincularse, aunque sea mediante gritos, silencio o segundos de diferencia.

Nuestros docentes se reinventan, cuidan su mundo, les dan un lugar de privilegio dentro de toda esta marea. Les repiten constantemente que estén tranquilos, que se cuiden.
Hay amor en la docencia, aún sin contar con todas las herramientas necesarias.

Se nos adelantó el futuro y nadie tenía la intención que sea de esta forma.
En este proceso de reinvención no deben ser protagonistas el miedo y la incertidumbre.
Deben tomarse como motor para enfrentarse y adaptarse a esta nueva realidad que nos tomó por sorpresa a absolutamente todos.
Y cuando todo se parezca un poco más a lo que conocíamos, habremos aprendido.
Cargados de lo vivido, nos abrazaremos unos a los otros.
Nos contaremos los días que quedaron sin ser vistos, sin ser oídos.
Cargaremos de amor por los ancianos, por los niñxs, por el padre, por la madre, por el docente, por el que pudo y por el que no.
Nos encontraremos más empáticos, más pacientes, más austeros.

Porque si de todo esto no logramos capitalizar nada bueno, el día de mañana otra pandemia nos encontrará fastidiosos, apáticos y rencorosos.
Y tendremos que pasar por todo este proceso, una vez más.

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